
Oh Señor, Dios Altísimo, grande eres Tú, y digno de suprema alabanza, como declara el salmista. No hay medida que contenga tu grandeza, ni mente que comprenda la profundidad de tu sabiduría. Desde la eternidad hasta la eternidad, Tú eres Dios.
Hoy me postro ante tu majestad con reverencia y humildad, reconociendo que todo lo que soy depende de tu gracia. Eres lento para la ira y grande en misericordia, y cada día muestras tu fidelidad incluso cuando no la merecemos.
Gracias, Padre, por revelarte a nosotros a través de tu Hijo Jesucristo, quien es la imagen del Dios invisible, la plenitud de tu amor encarnado. Por Su cruz somos reconciliados contigo, y por Su sangre tenemos acceso al trono de gracia.
Espíritu Santo, ayúdame a rendirte adoración sincera, a vivir conforme a tu verdad, y a proclamar con mi vida qué grande es el Señor.
Que cada respiración sea un canto de gratitud, y que mi alma no se canse jamás de exaltarte. En el nombre glorioso de Jesús. Amén.