
DIOS
Oh Señor, Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, Dios fiel que guardas tu pacto hasta mil generaciones. Me presento ante Ti con un corazón humillado, reconociendo que solo Tu misericordia sostiene a Tu pueblo. Como Moisés se puso en la brecha por Israel, hoy me pongo delante de Ti. No confiando en mi justicia, sino en la perfecta justicia de Jesucristo, nuestro Mediador eterno.
Acuérdate, Señor, de las promesas que diste a Tus siervos, de la herencia que aseguraste con juramento, y de la sangre preciosa de Tu Hijo que habla mejor que la de Abel. No mires nuestras iniquidades, sino mira a Cristo, quien intercede por nosotros a la diestra del Padre. Tu Palabra dice que eres lento para la ira y grande en misericordia. Por eso me acerco, confiando en que no desechas para siempre a los que te buscan con corazón sincero.
Padre eterno, aviva en nosotros el temor santo de Tu nombre, para que no nos apartemos de Tus caminos. Que el Espíritu Santo nos guíe a toda verdad, nos convenza de pecado y nos fortalezca para obedecerte con amor y gratitud. No permitas que nuestros corazones se endurezcan, ni que olvidemos las obras poderosas que has hecho en medio nuestro.
Extiende Tu mano poderosa y libra a Tu pueblo de todo tropiezo. Guarda nuestras generaciones, santifica nuestras familias y derrama un espíritu de arrepentimiento genuino sobre todos tus hijos. Haznos recordar que la salvación no es por nuestras obras, sino por gracia, para que la gloria sea solo Tuya.
Oh Señor, en medio de las pruebas, sé nuestro refugio; en tiempos de confusión, sé nuestra luz; y en la abundancia, sé nuestro gozo. Que en todo tiempo vivamos para la alabanza de Tu gloria, y que nuestras vidas sean un testimonio del poder redentor de Cristo.
Te lo pedimos en el nombre glorioso de Jesús, nuestro Salvador y Rey, por la obra santificadora del Espíritu Santo. Amén.