Hijos de Dios

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El cielo como herencia no es un ideal o una abstracción teórica, sino una verdad que se ha revelado por la Biblia, a la cual le damos dirección y propósito. En un mundo marcado por la duda y la desgracia, esta promesa es una fuente de esperanza para el amanecer de un día.

El apóstol Pedro escribió:

 “para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros,” (I Pedro I:4).

Por tanto, cada creyente tiene asegurada una herencia eterna, no por sus propios méritos sino por la gracia de Cristo. Ésta no sólo inhibe nuestra vida espiritual, sino que cambia nuestra actitud frente a los desafíos que hoy se nos presentan. ¿Cómo vivir teniendo presente que nuestra verdadera ciudadanía está en el cielo?

EL CIELO COMO HERENCIA

La idea de herencia permea toda la Escritura y en el Antiguo Testamento Israel recibió la tierra prometida como herencia. Era un símbolo de la fidelidad de Dios cumpliendo sus promesas. Sin embargo, aquella herencia terrenal apuntaba a una realidad superior: la comunión eterna con Dios.

El Nuevo Testamento lleva esta perspectiva ampliada, Pablo enseña:

“El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo” (Romanos 8:16-17).

Entonces, el cielo es la herencia reservada para los hijos adoptados por gracia.

Este contexto bíblico demuestra que la herencia celestial no es algo accidental, sino que forma la cumbre del plan redentor de Dios. El cielo no es simplemente un lugar sino la historia de la salvación en su culminación tras la venida de Cristo.

CIELO COMO HERENCIA Y SU SIGNIFICADO ESPIRITUAL

La herencia del cielo es más que algo físico. No hablamos sólo del último destino, sino de tener una relación íntima con el Padre eterno. Dijo Jesús mismo:

“En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros.” (Juan 14:2).

Recibir el cielo como herencia significa:

  • Seguridad eterna: Nada ni nadie te puede arrebatar lo que Cristo aseguró en la cruz.
  • Identidad renovada:  Somos hijos y coherederos, llamados a compartir la gloria de Cristo.
  • Alegría sin fin: En la presencia de Dios hay plenitud de alegría y delicias para siempre

UNA HERENCIA INCOMPARABLE

Contrariamente a las herencias terrenales, expuestas a corrupción, división o pérdida, la herencia celestial es incorruptible y eterna. Esta realidad invita a vivir con prioridades eternas también, y no solamente temporales.

VIVIR COMO HEREDEROS DEL CIELO

¿Cómo afecta esta esperanza nuestra vida cotidiana?

En nuestras decisiones: Recordar que somos herederos del cielo nos ayuda a elegir lo eterno sobre lo pasajero. ¿Vale realmente la pena perder algo que dura un poco para ganar algo que dura para siempre?

En el sufrimiento. La certeza de nuestra herencia nos conforta en medio de las pruebas. Como Pablo, es decir:

 “Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse.” (Romanos 8:18).

En la misión: Si sabemos que tenemos un cielo por heredad, es para invitar a otros a recibirlo juntos.

El creyente que comprende esta verdad vive con gratitud, paciencia y esperanza.

EL CIELO COMO HERENCIA SEGURA

La herencia del cielo es la mayor promesa del Evangelio. No sólo un premio por nuestras obras, sino un regalo inmerecido asegurado por Cristo en la cruz, nos dice. Así que, aunque vivimos en este mundo, nuestra verdadera patria está en el cielo.

Cada día nos ofrece toda una gama de oportunidades para vivir como hijos confiados, sabiendo que habremos de ver un día cumplir las promesas hechas.

El cielo es más que el Origen Universal: es nuestro pasado, presente y futuro.

¿Que Hacemos?

Vive cada día teniendo confianza en que tu herencia ha de mantenerse a salvo en Cristo. Permite que esta verdad transforme tu manera de pensar, tus decisiones y tu vida servicial hacia los demás.

 “conservaos en el amor de Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna.” (Judas 21).

No dejes que tu fe se enfríe. Alimenta tu espíritu cada día con enseñanzas bíblicas, reflexiones y recursos edificantes.

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