
Padre eterno, en obediencia a tu Palabra, me humillo hoy bajo tu poderosa mano, reconociendo que tú exaltas a su tiempo a los que se rinden ante ti. Tú, el Altísimo, habitas con el quebrantado y humilde de espíritu para vivificar el corazón contrito.
Me postro delante de tu majestad con reverente temor, sabiendo que sin ti nada soy. Mi alabanza no nace del orgullo, sino de la gracia que me sostiene. Señor Jesús, tú, siendo en forma de Dios, te humillaste hasta la muerte y por tu obediencia tengo esperanza de redención. Enséñame a seguir tu ejemplo.
Espíritu Santo, quebranta mi orgullo y forma en mí un corazón humilde. Ayúdame a confiar, incluso cuando no entiendo el proceso, sabiendo que tu mano poderosa nunca me dejará caer. No quiero resistirme, sino rendirme en total dependencia.
Que en mis momentos de debilidad, tu fortaleza sea perfecta. Que mis logros sean tus obras en mí. A ti sea toda la gloria.
Amén.