
Oh Padre eterno, justo y misericordioso, venimos ante Tu trono con corazones quebrantados. Recordando las palabras de Tu Hijo amado: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.” En esa súplica, pronunciada desde la cruz, contemplamos el abismo de Tu gracia y la altura insondable de Tu amor redentor.
Tú, que no escatimaste a Tu propio Hijo sino que lo entregaste por todos nosotros. Enséñanos a mirar al Crucificado y a entender que, aun en nuestra ignorancia y rebelión, fuiste Tú quien tomó la iniciativa de salvarnos. Que el Espíritu Santo, quien convence de pecado, justicia y juicio, renueve nuestro entendimiento, quebrante nuestro orgullo y nos guíe al arrepentimiento genuino.
Señor Jesús, Cordero sin mancha, intercesor eterno, sé glorificado por haber rogado por los culpables y haber cargado en Tu cuerpo el castigo de nuestra paz. Espíritu Santo, abre nuestros ojos para ver la gloria del Evangelio y danos corazones nuevos que amen la voluntad del Padre.
Perdónanos, oh Dios, por nuestras palabras, pensamientos y omisiones. Límpianos en la sangre del Hijo y vivifícanos para vivir en obediencia, humildad y adoración.
En el nombre de Cristo, amén.