
Oh Dios eterno, mi roca y mi refugio en tiempos de angustia, a Ti elevo mi voz en esta hora de prueba. Tú que sostienes el universo con tu palabra poderosa, sostén también mi alma debilitada. Aunque las aguas rugen y los montes tiemblen, mi confianza está en Ti, porque Tú eres mi amparo y fortaleza, auxilio siempre presente en la tribulación (Salmo 46:1).
Padre celestial, me acerco con corazón quebrantado, sabiendo que en mi debilidad se perfecciona tu poder. Como el apóstol Pablo, me glorio en mis flaquezas, para que repose sobre mí el poder de Cristo (2 Corintios 12:9). Renueva mis fuerzas como las del águila, y enséñame a esperar en Ti, porque los que esperan en el Señor correrán y no se cansarán, caminarán y no se fatigarán (Isaías 40:31).
Señor Jesús, Tú que venciste la cruz por amor, ayúdame a cargar mi cruz cada día con fidelidad. Sé mi ejemplo de obediencia en el dolor y mi esperanza en la oscuridad. Espíritu Santo, consuela mi corazón, alienta mi espíritu y guía mis pasos por sendas de justicia.
No permitas que el temor me gobierne, sino llena mi interior de paz que sobrepasa todo entendimiento. En Ti confío, mi Dios, ahora y siempre.
Amén.