
Amado Padre celestial, Dios eterno y todopoderoso, vengo ante tu presencia con reverencia y humildad. Reconociendo que de Ti proviene toda fortaleza y que separado de Ti nada puedo hacer. Tú eres mi roca firme y tu eres mi refugio seguro, el que sostiene mi vida en medio de las pruebas y el que abre camino donde no lo hay.
Señor Jesucristo, mi Salvador y Redentor, proclamó con gratitud que en Ti encuentro la gracia que me basta y el poder que se perfecciona en mi debilidad. Así como está escrito: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”. Me aferro a esta promesa con fe viva, sabiendo que no dependo de mis fuerzas, sino de Tu poder que obra en mí. Tú eres el Alfa y la Omega, el autor y consumador de mi fe, y en Ti hallo victoria sobre toda tentación, perseverancia en toda batalla y gozo aun en medio de la aflicción.
Espíritu Santo, Consolador fiel, ven y llena mi corazón con tu presencia. Sé Tú el que me guía a toda verdad, el que renueva mis pensamientos y me da discernimiento para caminar en santidad. Sopla vida sobre mi espíritu cansado, fortalece mis pasos y enséñame a depender de Ti en cada decisión. Haz de mi vida un testimonio vivo del amor del Padre, de la obra redentora del Hijo y de la comunión que solo Tú puedes dar.
Oh Señor, que mi vida sea un sacrificio vivo, santo y agradable a Ti. Que cada palabra, cada obra y cada pensamiento glorifiquen tu nombre. En la abundancia y en la necesidad, en la alegría y en el dolor, proclamaré con certeza que “todo lo puedo en Cristo que me fortalece.” A Ti sea la gloria por los siglos de los siglos.
Amén.